Una noche en el palacio que domina la gran plaza renacentista de Úbeda
Inaugurado por Alfonso XIII en la Plaza Vázquez de Molina de Úbeda, el Parador se ubica en el edificio proyectado por Andrés de Vandelvira, en el centro del conjunto monumental lleno de historia y declarado Patrimonio de la Humanidad.
El renacimiento es una reencarnación de la esperanza. Una promesa que se posa tras demasiado tiempo de vuelo sobre el mármol y sobre el pincel para producir un fenómeno cultural incontestable en la historia de la humanidad. Con el renacimiento, el ser humano redescubre las proporciones, la naturaleza y, por encima de todo, se reencuentra consigo mismo. En sus diarios de viajes a través de Italia, Stendhal recuerda que al llegar a Milán el 26 de septiembre de 1816 experimentó una sensación estival: «He reencontrado el verano; es el momento más conmovedor de esta bella Italia. Albergo una suerte de ebriedad». Paradójicamente, el verano había concluido, pero está claro que se refería a otra cosa acaso un poco más mágica que las hojas de un calendario.
De aquella sensación extraña, que él llama ebriedad y que nosotros hemos bautizado como síndrome de Stendhal, surge ese ‘verano’, aunque el sol no brille con tanta fuerza ni el día se extienda pasadas las nueve de la noche. Salvando las distancias, en España también existe esa estación perpetua que, en la opinión de quien esto escribe, se asemeja más a la primavera y alberga aromas cítricos. Se encuentra en Úbeda; en concreto, en la plaza Vázquez de Molina. Antes bien, hay que decir que es la ciudad que concentra la mayor cantidad de arquitectura renacentista del mundo fuera de Italia. Dentro de este recinto imborrable para la memoria, se ubica el Parador de Úbeda. Instalado en el Palacio del Deán Ortega, el establecimiento es el segundo más antiguo de la red, fundado en 1930 por orden del rey Alfonso XIII, y el primer palacio convertido en Parador. Casi un siglo después, sigue acogiendo a quienes buscan conocer la exuberancia del Siglo de Oro español o encontrar una ciudad tranquila, amable y profundamente hermosa, sin renunciar a las comodidades de hoy.
José Antonio del Pozo Calle es el director del Parador de Úbeda, que lleva el nombre del condestable Dávalos. Señala que uno de los aspectos más relevantes de este fantástico palacio es su arquitecto, Andrés de Vandelvira. “Vandelvira es una figura clave del Renacimiento español”. No hace falta ser un amante de la historia o de la arquitectura para corroborarlo. Del Pozo añade que “la huella de este arquitecto es omnipresente en Úbeda y en la vecina Baeza”. Construido a mediados del siglo XVI, el palacio se planteó como la residencia de Fernando Ortega Salido, deán de la catedral de Málaga y primer capellán de la Sacra Capilla del Salvador, el templo que se encuentra justo al lado de este palacio. “Curiosamente —comenta José Antonio— el deán nunca residió aquí”.
El Parador de Úbeda representa la sobria elegancia del renacimiento español: líneas clásicas, armonía en las proporciones, y una fachada que dialoga con el resto de monumentos que se hallan en la plaza. Y es que quienes sienten los ecos de almas sensibles a la belleza arquitectónica como Stendhal, Dumas o Goethe, encontrarán en esta fachada una fuente de inspiración. “El Palacio del Deán Ortega es uno de los mejores palacios renacentistas de la ciudad”, comenta José Antonio. Su construcción coincidió con el esplendor de Úbeda, cuando la ciudad se convirtió en uno de los centros del poder nobiliario, eclesiástico y comercial de la Corona de Castilla.
La Plaza Vázquez de Molina fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2003 junto con el conjunto monumental de Úbeda y Baeza
La ciudad se convirtió en un lugar imprescindible de la época gracias, en parte, a Francisco de los Cobos, secretario de Estado de Carlos I, y a su sobrino Juan Vázquez de Molina, que atrajeron a Úbeda a intelectuales y artistas del momento. José Antonio explica que este acontecimiento “hizo de la ciudad un laboratorio de estilo renacentista”. Hay que explicar que la labor de estos dos insignes ubetenses coincidió, a su vez, con un aumento de la productividad de las cosechas, desarrollo de la ganadería y un sector artesanal pujante, basado en la alfarería, el esparto y los textiles.
“Es cierto que casi nadie se espera esta plaza en este sitio”, comenta José Antonio, y añade: “Es una de esas sorpresas que le dejan a uno sin palabras”. La Plaza Vázquez de Molina fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2003 junto con el conjunto monumental de Úbeda y Baeza. Si el Parador concentra tanta relevancia artística, las joyas que hay a su alrededor son tan importantes para el renacimiento español como el palacio del Deán: la Sacra Capilla del Salvador, una de las obras maestras de Vandelvira, el Palacio de las Cadenas (también de Vandelvira), hoy sede del Ayuntamiento de Úbeda, o la basílica de Santa María de los Reales Alcázares. Dado que están a pocos minutos, el huésped debería aprovechar la ocasión para visitar cada uno de estos monumentos. “Por la mañana puedes ver amanecer desde el final de la plaza, y por la tarde, desde la capilla, puedes ver el atardecer al fondo. Es algo precioso”, afirma José Antonio. Esta aglomeración de renacimiento, tal y como se ha indicado al principio de estas líneas, es la mayor fuera de Italia, ya que alberga más de 48 monumentos distribuidos por el casco histórico.
Las recomendaciones de los que más saben...
AUXILIAR OFICINA
Belén Romero
Trabajadora en el parador de Úbeda
GOBERNANTA
Juana Pérez Truyano
Trabajadora en el parador de Úbeda
RECEPCIONISTA
María Luisa Ortega
Trabajadora en el parador de Úbeda
El interior del Parador es un ejemplo de elegancia y acogimiento. Tras atravesar su umbral, el huésped encontrará un patio con arcos de medio punto sostenidos por esbeltas columnas y una atmósfera tranquila, ideal para una agradable conversación con café o té. “El patio es uno de los rincones que más llaman la atención”, señala el director. La galería superior, que está acristalada, permite disfrutar del espacio en días de frío o de lluvia.
En torno a ese patio —uno de los más bellos de Úbeda y auténtico corazón del edificio—, el Parador revela otra de sus grandes virtudes: sus 36 habitaciones, que evocan la nobleza del palacio original. Algunas de ellas ofrecen una experiencia aún más singular. “Las habitaciones de la 134 a la 137 dan a un patio interior precioso al que solo se puede acceder desde estas habitaciones”, manifiesta José Antonio. Por su parte, “la 112 tiene unas vistas espectaculares a la capilla del Salvador”, concluye. La escalera principal es otro de los elementos más importantes del Parador. De piedra labrada, supone una transición del espacio público al privado; se ha convertido en uno de los rincones más característicos del palacio.
Baeza, columna del renacimiento español
A tan solo 10 kilómetros de Úbeda, se encuentra Baeza, la ciudad hermana que comparte con ella el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad. Si Úbeda representa, en cierto sentido, la arquitectura civil del renacimiento español, Baeza encarna la arquitectura pública y religiosa. Declaradas de forma conjunta por la UNESCO en 2003, ambas ciudades fueron esenciales en la introducción de ideas renacentistas en España. La primera parada podría ser la Catedral de la Natividad de Nuestra Señora, que se edificó sobre una antigua mezquita. De estilo renacentista, posee una fachada que presenta detalles góticos y mudéjares. Se puede decir que a través de la piedra vemos la historia de su construcción. En el interior destacan las bóvedas vaídas platerescas y, en el presbiterio, las de crucería góticas, más oscuras. Ese diálogo entre estilos revela la historia del templo y es uno de esos detalles que justifican la visita.
No podemos prescindir del conjunto universitario. La antigua Universidad de Baeza se fundó en 1538 y funcionó hasta 1824. En la actualidad, alberga el Instituto Santísima Trinidad, donde se conserva el aula en la que el poeta Antonio Machado impartió clases de francés entre 1912 y 1919. El poeta andaluz llegó a la ciudad tras la muerte de su esposa Leonor en Soria. Por su parte, el Palacio de Jabalquinto presenta una fachada gótica isabelina decorada con puntas de diamante. Está concebida como un gran tapiz ornamental con escudos, pináculos y las puntas de diamante. La Plaza de Santa María reúne la catedral, el antiguo seminario y las Casas Consistoriales Altas, que crean un espacio monumental único.
Baeza es un lugar para el paseo, para recorrer las calles empedradas, su patrimonio y su aura mágica. Quien disfrute de las buenas vistas no debería perderse el Paseo de Antonio Machado, desde donde se contempla el Valle del Guadalquivir y, al fondo, las sierras de Cazorla.
El cielo jienense: Sierra Mágina
Dado que las bellezas del mundo no pueden reducirse a las elaboraciones humanas, la naturaleza también es uno de los atractivos que ofrece la zona cercana al Parador de Úbeda. Sierra Mágina es un macizo montañoso declarado Parque Natural desde 1989. Su punto más alto es el Pico Mágina, a 2.167 metros de altitud. El parque abarca en torno a 20.000 hectáreas de un paisaje escarpado y rocoso. En la época, sirvió de frontera natural entre los reinos de Castilla y de Granada.
Alberga una muy abundante diversidad de ecosistemas, desde olivares y cerezos hasta quejigales, bosques o enebros, entre otros. Los senderistas y montañeros descubrirán diversas rutas que atraviesan paisajes preciosos. Por ejemplo, el sendero Adelfal de Cuadros forma un túnel vegetal de adelfas junto al río. Otros puntos igualmente atractivos son la cascada del Zurreón o el pinar de Cánava, declarado Monumento Natural. Este último atesora pinos centenarios. El parque posee una biodiversidad extraordinaria, con casi 1.300 especies vegetales, como la ‘Jurinea fontqueri’ o ‘jurinea de mágina’, un cardo endémico de la zona que muestra su hermosa flor. En cuanto a la fauna, Sierra Mágina es el refugio de la cabra montés, el águila real, el águila perdicera o el gato montés.
Junto a la desbordante biodiversidad, los pueblos que se ubican en Sierra Mágina también merecen una visita. Albanchez de Mágina, Bedmar y Garcíez o Bélmez de la Moraleda. En todos ellos reluce la blancura de sus casas, los vestigios de torres, murallas y castillos y, por supuesto, miradores espectaculares.
Hoy comemos…
A Pedro Matiaci le mueve la pasión y es algo que puede constatarse a simple vista, por su amabilidad y por su forma de hablar sobre la cocina. Este jienense de La Carolina lleva al frente de la cocina del Parador de Úbeda desde hace casi diez años. Para él, “la cocina siempre surge en casa”. “En mi caso, en la cocina de mi abuela. Me gustaba hacer tortillas o pollos asados”, recuerda. Todo empezó con recetas sencillas que, con el tiempo y la experiencia, le han hecho elaborar propuestas atrevidas y refinadas. La clave, sin embargo, en sus palabras, es “una dedicación, un amor y disfrutar”. Para él, la experiencia no puede renunciar al gusto por la comida, al cariño ni a los productos. En cuanto a la carta del Parador de Úbeda, podemos decir sin temor a equivocarnos que es precisa, elegante y llena de sabor. “Es una cocina totalmente tradicional y muy casera. Todo lo hacemos aquí: desde las pastas frescas a los helados, pasando por las croquetas”, explica. Al mismo tiempo, esa tradición se complementa con un toque “diferente” que trata de reinterpretar las recetas de siempre. Su proceso de aprendizaje, relata, pasa inevitablemente por Miguel Rodríguez, jefe de cocina del Parador de Baiona y cuya cocina ya desgranamos aquí. Matiaci lo considera su maestro.
La caza menor, la caza mayor y el pescado forman parte de un menú repleto de aciertos. Podríamos comenzar con el paté de perdiz, que ya se ha vuelto emblemático y cuya presentación lo hace aún más suculento si cabe. El bacalao a la baezana es uno de los buques insignia de Pedro. Se presenta con el bacalao confitado, sofrito de almendra, pimientos, cebollas, espumas de pil-pil, y pesto de lechuga. El favorito de este chef experimentado es el pulpo cocido en su propio jugo y el ciervo marinado con carbonara, salsa de frutos rojos y beicon ahumado. Este redactor ha podido probar cuantos platos se mencionan aquí, y, si vale de algo su recomendación, el ciervo supone una cima para quien se precie de ‘gourmet’. No obstante, y en esta sección apenas han aparecido, Matiaci hace hincapié en las croquetas: “Las hacemos con una bechamel a base de aceite de oliva, jamón de cebo e infusión del hueso; salen muy cremosas y podemos demostrar el cariño que le ponemos”, afirma.
El final, y aquí siempre recordamos no solo la sugerencia, sino el deber de dejar hueco para el postre, es el tocino de cielo. Esta receta tiene 35 años y nunca falla. Almendras, toffe, helado de vainilla casero y tejitas de almendra. Suave, delicado y de una sencillez que complementa un recorrido como el antemencionado.


Santiago Molina
















