El punto límite
Encuestas, datos, índices, números y demás jerga económica, política y sociológicos nos bombardean sin piedad hasta llegar a aturdirnos. Para entender un lenguaje es necesario conocer el código en que se codifica dicho lenguaje. No se asusten. Salvo honrosas excepciones, la mayoría de las veces, no sería capaz de explicar una encuesta o un estudio de opinión ni quien lo ha encargado ni quien lo ha confeccionado y es responsable de dicho informe.
Juan García Conesa
Martes, 10 de mayo 2016, 09:19
Los últimos de dichos informes con los que nos saturan, con una clara tendencia al aburrimiento y apatía social, revelan unos datos estremecedores, que sin ser dogmas de fe, si empiezan a marcar una tendencia preocupante.
Obviemos, por no llorar, los informes económicos que demuestran con rotundidad que la salida de la crisis (no sé si sería más correcto llamarla abismo) está tan lejos de llegar de una manera proporcionalmente inversa a las ganas e insistencia del Gobierno en decirnos que ya está aquí. Los datos macroeconómicos que se esgrimen para ratificar y apuntalar tanto optimismo oficialista son débiles y con una doble interpretación. Amén de que como cualquiera sabe, el hecho de que grandes variables macroeconómicas apunten positividad (si es que arrojan eso) tardan varios años en que se trasladen a la vida diaria de la mayoría de los mortales. Y por supuesto, de las encuestas del paro, es mejor no hablar, porque si lo hago, me podría a llorar. Del tirón.
Me quiero referir a otro tipo de estudios que demuestran el alejamiento de la sociedad civil con la clase política, con la estructura estatal generada para dar cobertura a la sociedad civil que representa y de la que vive, de hecho, vive muy bien.
Y algo que es mucho más peligroso, que empieza a darnos (a darles) igual lo que pase, y la deriva que tomen los acontecimientos de cualquier tipo. Es como si unas inmensas tragaderas se hayan instalado en nuestras maltrechas y maltratadas conciencias y se permita el uso y abuso de leyes y derechos, al antojo de quien nos gobierna, permitiéndoles cualquier desmano o desaire, sin que se exijan responsabilidades o cambio de rumbo.
Algunos eruditos, tienen la caradura de interpretar cual es el sentimiento de la mayoría silenciosa, arrimando con ese arte tan español, el ascua a su sardina, pero no es cierto. No llevan razón. La mayoría silenciosa, es mayoría y es silenciosa porque ha perdido la esperanza. Se la han robado entre unos y entre otros, la han convertido en estéril e inocua, pero que esos visionarios no se equivoquen, esa mayoría no es tonta.
Debemos esforzarnos por salir de ese punto límite, de resetearnos, de volvernos a inventar como país, como estado, como civilización. Debemos regenerar nuestras estructuras políticas y sociales, de una manera más justa, más cuidada, haciéndonos más responsables de la gestión de nuestros políticos.
La democracia no puede consistir en ir a votar como borregos amaestrados cada cuatro años. Yo me encuentro en ese punto límite, ¿y ustedes?. No se olviden de ser felices, o al menos intentarlo, porque aunque cuesta, sale a cuenta.
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