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Gritos de trampas sonaron en la serranía andorrana

Yo he conocido el tradicional trapicheo del whisky, nylon, tabacos, gafas...etc. que se practicaba en la década de los sesenta del siglo pasado en el vecino Principado de Andorra. Era un comercio clandestino sin importancia mayor, que los aduaneros suavizaban para abastecer de estos escasos productos la gran urbe de Barcelona y su zona de influencia, que, en aquel entonces, ya iniciaba su crecimiento y desarrollo singular, y consumía productos de especial modernidad. Además, era un placer visitar tan cercano lugar y contemplar las nieves perpetuas del Pirineo.

Ezequiel Navarrete Garres

Martes, 10 de mayo 2016, 09:31

Por aquellas fechas existían un par de establecimientos bancarios, situados en la calle Mayor, centro neurálgico de la ciudad, con cierto lujo en su arquitectura ... y, el resto, eran calles, travesías, empinadas a una mano y, a la otra, nuevas construcciones hacia la llanada. Era claro su origen montañés, por su situación y fachadas. Pues bien, aquella villa tranquila y sencilla ha crecido mucho en cincuenta años. Es una cierta ciudad, con un gran desarrollo en todos los órdenes, sobre todo el económico. Cuando comenzamos a ver coches de gran cilindrada por nuestro incomparable sureste, resulta que eran propiedad de andaluces emigrantes en Andorra. Además, presumían de la buena vida de aquel país y daban sus consejos a familiares y amigos para trasladarse al nuevo El Dorado. Como, por otro lado, el Gobierno de Andorra publicita que el 18% de su PIB procede de la actividad financiera, ¿cúal es el secreto? ¿será verdad que la media de fortunas españolas negociadas en Andorra es de 50.000.000.000 de EUROS, con mayúsculas? Está visto que el mundo es un pañuelo, un pañuelo de mujer, por más señas. Me llama mi amigo Paco 'Mareas' y me dice que debemos vernos al día siguiente, que me va a presentar a una paisana, recién llegada de Andorra. Allí, en Garrucha, como una flecha, a las once acordadas, estaba yo. A tres metros de su casa, fuimos y doña Virtudes, cuarentona y alegre como unas castañuelas, nos recibió con alborozo. Era alta, buena figura, rubia actual y muy simpática. Mantenía el deje garruchero cuando hablaba y lo hacía requetebién. Vestía un modelito de verano, ligero y elegante, coordinado con el color de su coche, aparcado en la puerta. Nos contó lo bien que le iba la vida en 'Andorra la Vella', llegando al punto de decirnos que conocía muy bien al 'capo de vara' de los catalanes. 'Mareas' enseguida insistió para que contara el motivo de esta relación. Y aquí, doña Virtudes se explayó:

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